Ya es definitivo, se ha acabado el verano, se acabó el gazpacho en las comidas, las ensaladas de pasta y volvemos a la sopa para entrar en calor.
La rebeca puesta por la mañana, y algunas botas comienzan a asomarse por el adoquinado de las calles.
El frío que hace ya a las 5 de la mañana, y el calor a las 12 del mediodía. El tiempo nos vuelve y se vuelve loco.
El aire acondicionado ya no nos acondiciona en el coche sino que nos deja helados. El transporte público comienza a ser cálido.
Las noches durmiendo en el suelo, sustituídas de manera perversa por una fina sábana, perfecta para taparte ahora que aún no hace tanto frío.
Los amaneceres cada vez son más tarde, viendo todos desde la ventana de mi mente desde un vagón del metro.
Cada vez más gente va dormida en el tren; una chica mira un periódico sin reparar en lo que lee; una mujer se queda dormida hasta el punto de destino; un adolescente escucha música antes de entrar en el instituto... En verano la gente no madruga y si coge trenes va más despierta.
Desaparecerán las terrazas. Esto no es París.
Las canciones del verano se escuchan en la lejanía como un canto del pasado.
Es definitivo, el verano a muerto, y el descanso desapareció a la espera de que llegue el momento en el que tengamos que aplicar lo aprendido, quizá, por última vez en un enero frío.
martes, 27 de septiembre de 2011
Desaparece. Viene. ¿Se quedará?
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